Archivado en: Teatro

Subiendo las escaleras pensé que iba camino al cielo,
Mas no me equivoqué, ella lo fue.
Las damas de negro me ordenaban con su sonrisa que bajara
nuevamente al infierno para utilizar el baño.
No pude lavarme las manos y tomé el ascensor.
De vuelta me encuentro a la dama de rosa,
no sabía lo que me esperaba,
para ella fui la persona amable.
Hacía rato que yo… perdón, que habíamos…
y ella dio el paso con su rostro de pétalos.
su ego sensual no fue problema, ni mucho menos
su poesía corporal. Su sombra, ¡oh dioses, su sombra!
Fue el golpe más fuerte a mi sentido visual.
Fuimos arena y mar, uña y carne, cruz y Cristo…
Ya se acercaba la desnudez, su traje negro colgado
era testigo del orgasmo consumado en
aquella sala, aquella gran sala,
testigo de nuestro amor imaginario…
en el último acto no tuvimos “Nada que ver”.
Por: Namor
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